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Durante un momento se hizo un incómodo silencio. Evidentemente, Josefina no esperaba que Alicia estuviera al tanto. Bajó la mirada, perturbada, y sacudió la cabeza, pero no pronunció palabra. Alicia había sabido que hacerla hablar no sería tarea sencilla. Sin embargo, no pensaba marcharse antes de haberle arrancado la verdad.
- Suponemos que pasó algo horrible, pero nada, Josefina, nada justifica el silencio y el misterio que tejieron alrededor de Mara. ¡Por poco le costó la vida! ¿No hubiera sido más fácil colaborar con la psiquiatra desde el primer momento? Es una médica; su función no es juzgar, sino para utilizar la información que puedas darle a favor de la recuperación de Mara.
Josefina seguía meneando la cabeza, lentamente, de manera mecánica. Alicia ensayaba un nuevo intento, cuando, sorpresivamente, habló.
- Nadie me hubiera creído, y me habrían internado también murmuró. ¡Y yo no quería terminar como ella! Nadie nos creyó… ¡ni siquiera en ese momento! A nadie le importó… ¡Incluso lo negaron todo! Llegamos a pensar que todo los viajes, el embarazo, el parto… había sido una pesadilla que soñamos. De no ser por las pruebas… Pero sólo me sirven a mí, para saber que todo ocurrió realmente.
Se puso en pie y fue hasta una cajonera alta y delgada ubicada al costado de la puerta, sorteando bultos de ropa, revistas, compactos y alguna vajilla sucia que aún no devolvía a la cocina, como un par de vasos, un plato y un tenedor escondidos en un rincón. Hasta el momento, Alicia no había reparado en el desorden y la suciedad que las rodeaba. La sensación principal era que Josefina tenía más pertenencias de las que cabían en el cuarto. El ropero rebosaba de prendas; en una pequeña repisa, varias pilas de libros acomodadas de manera caótica y salpicada de adornos de cerámica; había muñecos de peluche hasta en el piso, algunos cuadros torcidos y muchas fotos pegadas por la pared. Era un contraste desagradable con el resto de la casa, humilde y confortable. Mucho más si lo comparaba con el orden inmaculado que había caracterizado a Mara Santos. ¿Habría sido siempre así Josefina, o sería este otro de sus cambios para peor?
Al cabo de revolver el contenido de los cajones más ropas, cuadernos, papeles, chucherías durante unos minutos, halló lo que buscaba: una bolsa escondida debajo de una pila de remeras, que le costó bastante sacar. Alicia observó lo abultada que estaba. Cuando Josefina se la entregó, notó su consistencia y su peso. Seguramente contenía papeles, muchos papeles. Alicia no entendía para qué le había entregado eso.
- Los primeros meses, inmediatamente después de haber regresado y tras la internación de Mara, yo revisaba esto a diario -murmuró, como si hablara para sí misma-. Era como revivir nuestra pesadilla una y otra vez, pero también era la única manera de sentir que estaba a salvo de la demencia. Luego, paulatinamente, a medida que recuperé mi vida, dejé de necesitarlo. Ahora me enfermaría volver a ver cualquiera de esos papeles… Ahora, la tranquilidad de mi mente pasa por mantener tan lejos y callados como sea posible, los recuerdos de esa época.
El gesto confundido de Alicia, que no sabía si esto era un préstamo o un obsequio, la decidió.
- Llevátelo. Mostrárselo a la doctora y a quien quieras, con la sola condición de que no vuelvas nunca más. No quiero recordar a Mara ni nada de lo que pasó.
Alicia asintió, pensativa. Ignoraba el contenido de la bolsa, y después de lo que había dicho Josefina, no le pareció conveniente revisarlo delante de ella. Pero existía el riesgo de que fuera pura basura. Josefina no tendría que haberse molestado en buscar y entregarle esto. Lo que ella deseaba saber era muy simple y concreto. ¿Por qué no le respondía con una o dos palabras, y dejaba de darle inútiles vueltas al asunto? Antes de marcharse, lo intentó por última vez.
- Josefina, ¿qué pasó con el bebé? tenía la impresión de haberlo preguntado más de cien veces.
Josefina resopló, disgustada. ¿Qué, de todo lo que acababa de explicar, no había entendido esta condenada mujer? ¡No quería recordarlo, no quería hablar de eso! ¡Solamente pedía que la dejaran en paz! Sin embargo, puesto que tanto insistía, le daría el gusto.
- Mara no tuvo un bebé -respondió, de mala manera, mientras le abría la puerta de la habitación para despedirla-. Tuvo un bufeo.

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