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No había sido aquel un día diferente de cualquier otro. Tras haber desayunado, Walter se llevó los niños a la escuela. Yo salí a comprar verduras y un poco de carne. Al regresar a casa, vi que Emilia había organizado su trabajo. Como no me quedaba nada por hacer, saqué el auto y manejé hacia el centro, sin rumbo. Pasé delante de una librería; me entusiasmaron los títulos que vi en vidriera y decidí entrar.
Adentro había pilas de libros, con hermosas tapas y títulos sugestivos. Yo tenía suficiente cultura como para distinguir una buena obra clásica de un autor comercial de moda, por lo que supuse que pasaría la siguiente media hora revolviendo y hojeando hasta encontrar algo de mi gusto. Un libro llevó al otro. Había llevado bastante dinero para comprar dos o tres, pero los que tenía en mano no terminaban de convencerme. Los dejé sobre una mesa, apartados, y caminé unos pasos, hasta otra pila de libros que me llamó la atención. No porque fueran diferentes a los demás; en realidad, ahora que lo pienso, creo que fue el mismo destino quien me hizo llegar hasta ellos, porque ni siquiera eran novelas, sino libros científicos, de temáticas diversas. Nunca me había interesado esa clase de libros. Sin embargo, los revisé. Una sensación extraña recorría mi cuerpo en ese momento. No es que esperase encontrar nada extraordinario entre ellos…, pero, al mismo tiempo, sí lo esperaba.
Por mis manos fueron pasando, uno por uno…, hasta que encontré aquel ejemplar. Pertenecía a una psicóloga norteamericana llamada Edith Fiore. La obra se titulaba “Usted ya estuvo aquí”. Jamás olvidaré el estremecimiento que sacudió mi cuerpo al verlo. “Usted ya estuvo aquí”. Parecía estar llamándome.
Aun mayor fue mi impresión con la lectura del siguiente renglón. “Revelación de vidas anteriores”. Y debajo de todo, en letras aun más pequeñas: “Asombrosas experiencias mediante 'terapia de reencarnación' resuelve graves problemas psicológicos. ¡Una evidencia más de la existencia de otras vidas!”
“Reencarnación”, “...otras vidas”... Esas palabras me dieron vueltas en la cabeza, cada vez con más fuerza, mientras leía la contratapa del libro. Había oído anteriormente hablar de reencarnación, pero me parecía tan real como una historia de Bradbury, aunque la prensa del momento lo había presentado como una sensacional historia real. Ahora recordaba. El caso de una mujer irlandesa, que aseguraba haber sido otra persona, una mujer, que falleció y dejó a sus hijos huérfanos, a merced de un padre borrado. La mujer buscó y buscó hasta que encontró a sus “niños”, que naturalmente la doblaban en edad. Recordaba borrosamente el caso, porque, si bien me había llamado la atención, no le di demasiada importancia.
Pero ahora, después de todo lo que había vivido con mi hija, las cosas tomaban otro color. Estaba tan impresionada, que olvidé los libros que había apartado prolijamente sobre una mesa y compré apresuradamente ese ejemplar. No veía la hora de empezar a leerlo.
Mientras manejaba hacia mi casa, las ideas se me agolparon en la mente, desordenadamente. El corazón me latía presuroso, de manera ya familiar para mí. Era igual al día cuando descubrí que David, el hermano ficticio de una niña inventada, y el sobrino de Elena, eran la misma persona. Era como el día cuando encontré la vieja foto; como el día cuando me enteré de que Luz estaba muerta... Pero, a la vez, era diferente. Este libro era lo que llevaba meses buscando, sin saberlo. Finalmente, había hallado la pieza faltante, la que unía y le daba sentido a todo lo demás.

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